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Después de que Dios concluyera la creación de los animales y
de decidir cual sería el lugar de cada uno en la tierra, aún quiso
regalarles un último don y convocándoles a Su Presencia, les dijo:
-Os he dado las cualidades y la figura que tenéis, según me
ha parecido que seria bueno para la vida que habréis de llevar de ahora en
adelante pero quiero concederos una gracia a cada uno. Pedidme aquello que deseéis
tener y os lo daré.

Aquellas palabras llenaron de alegría a los
animales y todos
pidieron alguna cosa. El león quiso tener la melena más espesa, el conejo
unas orejas grandes y móviles, el oso pidió que le permitiera dormir todo el
invierno, el perro que le concediera ser amigo del hombre, la jirafa quiso
ser muy alta y el canario cantar exquisitamente. Y a todos complació el
Señor pero cuando ya iba a retirarse creyendo que ningún animal quedaba
sin satisfacer, la abeja zumbó, enfadada:

-Señor, aún falto yo.
-¿Y que es lo que deseas, abeja?. Te he dotado de ojos
maravillosos, capaces de ver todos los colores, puedes volar, entenderte con
tus compañeras y fabricar una miel dulcísima; pero si crees que te falta
algo, te lo concederé.
-Lo que yo quiero es que los hombres no puedan recoger
el fruto de mi trabajo. No quiero que me quiten la miel. Deseo que me dotéis
de un
arma para herir al que quiera robarme.
-Abeja, la miel será suficiente para todos. Te sobrará para compartirla.
-Señor, vos habéis dicho que nos concederíais una
gracia y
yo deseo un arma para defender mi miel.
-Así será -dijo el Señor -.
Tendrás un aguijón para proteger tu miel, pero en castigo a la mala
voluntad que has demostrado, cuando lo claves en un ser vivo,
morirás.
Y eso es lo que sucede desde entonces.


Diseño, texto y
gráficos de Trenzas
Remodelada en
Junio del 2006

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