No es de
extrañar, pues, que una joven ninfa llamada Clicia, se enamorase de él en el mismo momento de conocerle.
También Apolo se
enamoró de Clicia pero su amor duró mucho menos que el de la ninfa y pronto
la abandonó por una nueva conquista.

Inconsolable y
desesperada por la definitiva marcha de su amado, la joven se apartó de todo
contacto humano y huyó al desierto. Allí, recostada sobre la arena abrasadora, sustentándose
apenas con los mas groseros alimentos, bebiendo solo las gotas de rocío del
amanecer, esperaba la salida del Sol y la mirada de sus ojos seguía el
recorrido de Apolo por el cielo, mientras lloraba amargamente la pérdida de su
amor.
Clicia,
consumida por el dolor y viendo cercana su muerte, repetía una desesperada
súplica a los dioses; que nunca la privasen de seguir
viendo el rostro de Apolo. Al fin, los dioses, se apiadaron de ella y cuando
Clicia estaba a punto de expirar, la convirtieron en una hermosa flor y le
otorgaron la capacidad de mover su gran corola en dirección al punto en el que más
brillase el Sol.
Clicia,
convertida en Girasol, puede ver todos los días a su amado y así será
hasta el fin de los tiempos.


Diseño,
texto y gráficos de Trenzas
Enero,
2002
Remodelada en Junio del
2006