Loki
y Angrboda tuvieron tres hijos, tan malvados como ellos
mismos: Midgardsorm, el dragón que rodea el mundo de los
hombres, Hela, diosa de los infiernos y Fenrir, el más
feroz y gigantesco de los lobos.
Al
principio, cuando aún era pequeño, Fenrir se comportó
como un cachorro cariñoso y los Dioses lo llevaron con
ellos a Asgard, la mansión celestial, pero bien pronto
despertó en el lobo un voraz apetito y una suprema
crueldad. Ningún animal estaba a salvo de sus dientes y los
dioses decidieron encadenarlo, primero con la cadena läding
(la costumbre) y más tarde con dromi (la ley) pero la
fuerza de Fenrir era tan extraordinaria, que las dos veces
rompió las cadenas que le sujetaban.

Finalmente
los dioses pidieron ayuda a los Elfos, que eran muy
entendidos en el arte de la forja y éstos fabricaron un
cordón mágico llamado gleipnir (la conciencia), de aspecto
sedoso y frágil. Fenrir se rió mucho cuando vio el delgado
cordel con el que los dioses querían sujetarle, pero no se
confiaba y no quería dejarse atar de nuevo. Sólo
consintió cuando el dios Tyr accedió a dejar su brazo
dentro de su boca mientras era atado.

Fenrir
quedó sujeto al cordón y éste fue atado a la peña Gelgia
que está incrustada en el centro del mundo y a pesar de
todos sus esfuerzos, el lobo no pudo soltarse de su atadura.
Furioso, Fenrir arrancó la mano de Tyr, pero aún tuvieron
tiempo los dioses de meter una espada entre las fauces del
animal para que no pudiera morder a nadie más.
Y
allí sigue Fenrir, atado a la roca, esperando el final de
los tiempos, cuando se asegura que este lobo terrible
devorará a Odín y al Sol antes de que Widar, el hijo de
Odín, consiga por fin, darle muerte.