Ngai creó al primer guerrero y le llamó Leeyo.

Luego creó otros guerreros y les dio mujeres que les ayudaran en las muchas tareas que quedaban por hacer en la tierra.

Y más tarde, los hombres y las mujeres tuvieron hijos y Ngai vio que todo estaba bien, menos una cosa; los humanos eran mortales. Temió por su obra y, siendo Leeyo su primera creación, le llamó a su lado y le enseñó un Canto Mágico; el Canto que hace a los dioses inmortales.

Cuando Leeyo lo hubo aprendido, Ngai le explicó que debía entonarlo en el mismo momento en que alguien muriera y el Canto les devolvería a este mundo de inmediato y para siempre.

Leeyo prometió que así lo haría. 

Pero pronto olvidó su promesa y aunque recordaba el Canto Mágico prefería no molestarse en acudir junto al lecho de los moribundos.

Y ocurrió que su esposa y su hijo salieron de casa una mañana en busca de agua. Ya volvían cuando el niño se enredó los pies en las altas hierbas y cayó al agua. Su madre gritó y se lanzó a la charca para sacarle, pero el agua estaba oscura y la vegetación del fondo mantenía firmemente sujeto al niño. Llegaron hombres del poblado a ayudar y también llegó su padre, Leeyo, pero cuando lograron sacar al niño del agua, ya había muerto.

Y entonces Leeyo abrazó a su hijo y recitó y cantó muchas veces el Canto Mágico que le había enseñado Ngai. 

Cantó muchas horas con su hijo en brazos. Cantó hasta comprender que era demasiado tarde; que cuando no cumplió su promesa y no acudió a entonar el Canto Mágico ante el primer muerto de su tribu, había condenado a todos a morir.

Y así, por la irresponsabilidad de Leeyo, la Muerte adquirió el poder sobre todos los hombres.

 

La música de esta página: "Muerte del Cisne"


Diseño, texto y gráficos de Trenzas. Septiembre, 2008