Trasgo es el nombre genérico de
un duende familiar, bien conocido en casi toda España aunque con
algunas variantes en el nombre. Trasgu en Cantabria y
Asturias, Trasno en Galicia, Follet en Cataluña y algunos otros que, seguramente, ya conocéis.
Muchos
imaginan al Trasgo vestido de rojo, tocado con el clásico gorro del
mismo color y otros saben de buena tinta que para disimular su
presencia en el bosque se viste con hojas de castaño cosidas con musgo y
aún otros aseguran que es un duende flacucho y mal encarado,
capaz de dar de bastonazos a quien intente impedirle robar la leche, la
harina o
las frutas.

Su verdadera diversión es hacer
continuas trastadas a las personas, de quienes se burla con auténtico
fervor. Suelen "adoptar" una familia humana y con sus
bromas pesadas y engaños continuos, consiguen acabar con la paciencia de todos.
Sin embargo, hay un medio para
librarse de ellos y es proponerles tareas que no puedan realizar, lo
que les enfada tanto que se van para siempre. En las antiguas casas de
labranza se les daba a lavar alguna piel de oveja negra
ordenándoles que estuviera blanca como la nieve al día siguiente. Ante
la imposibilidad de tal cometido, el Trasgo abandonaba a sus adoptados
humanos.

También se solía poner en las
ventanas por donde el Trasgo entraba a las viviendas, una taza o plato
con semillas de cebada o mijo, de tal manera que el duende lo volcara
al entrar. Esto le obligaba a recogerlas, tarea imposible de realizar en
una noche ya que el Trasgo tiene un gran agujero en su mano izquierda.
O se le daba un cesto tejido y se le ordenaba que lo trajera lleno de
agua de mar. Esto acababa definitivamente con la paciencia del
trasgo.
Con tales tareas
encomendadas
no hay duda de que nadie querría soportar a unos humanos tan antipáticos y el Trasgo, finalmente, se alejaba refunfuñando. No iba
muy lejos. Sólo al bosque más cercano donde, desde las ramas de los árboles,
se entretenía tirando piedrecillas a los caminantes.

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Diseño,
texto y gráficos de Trenzas
Marzo,
2002