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Cuando yo era muy niña deseaba, fervientemente, dos cosas: tener cuatro manos y vivir en lo más alto de una montaña. Ninguna de las dos me ha sido posible conseguir  aunque para una de ellas, aún no he perdido la esperanza.  Mi abuela intentaba convencerme de que se podía ser feliz sin necesidad de que se cumplieran esos dos deseos y para ello, me contaba de sus viajes y de las cosas maravillosas,  grandes y pequeñas, que se pueden hacer y ver con sólo dos manos y sin tener que convertirse en alpinista.

Casi puedo verla ahora, con su labor en el regazo,  haciendo volar mi imaginación a lugares que estaban lejísimos, incluso en el mapa.  Gentes y costumbres, paisajes y emociones desfilaban ante mis ojos sin cesar. Fui a Maracaibo, a Guadalupe y  Cuernavaca, a Cuba y Puerto Rico, a Borneo y a Japón, a Ceilán y a las Filipinas sin mas esfuerzo ni peligro que escucharla.

 Y un día, pronunció la frase mágica: "...las flores de Ylang-Ylang".  Un torrente de preguntas se me escapó del alma. ¿Qué forma tenían, cómo eran, dónde nacían, cuánto duraban, cómo olían, dónde estaban, podía yo tenerlas...? 

Llegué a saber que había (y sigue habiendo) grandes plantaciones de los árboles que las producen en las islas del Pacífico y que su esencia es la base de multitud de perfumes, el más famoso de los cuales es el Chanel nº 5. 

 El resto, lo que no tengo palabras para decir, es la atmósfera que mi abuela creaba alrededor de ello. De pronto, estabas bajo los árboles, sintiendo en los pies descalzos la humedad de la tierra, trabajando en la recolección, llenando cestos de grandes flores de Ylang-Ylang mientras escuchabas las canciones de los que trabajaban a tu lado. Incluso llegué a aprender alguna estrofa o frase en tagalo que, lamentablemente, ya he  olvidado. Lo que nunca olvido es la frase aquella, la que me ha quedado como referente de todo lo mágico, lejano y deseable:  "...las flores de Ylang-Ylang"

Algunas personas hemos tenido la inmensa suerte de poder estar cerca de algún abuelo o abuela en nuestra niñez, fortuna que solemos valorar demasiado tarde como para poder decirles cuánto nos ha servido en la vida lo que aprendimos de ellos. Sin embargo, nunca es tarde para el recuerdo ni para compartir la memoria que nos dejaron.

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Diseño gráficos y texto de Trenzas